Sin Redundar.

Por Carlos Avendaño.

Morir de sarampión en 2026 no es un accidente biológico, es una señal de alarma institucional. México acumula 29 muertes desde el inicio del brote detectado en 2025. El virus no es nuevo y la vacuna tampoco. Desde hace décadas, la triple viral (SRP) es capaz de prevenir la enfermedad con una eficacia superior al 95% cuando se aplican las dos dosis correspondientes. De hecho, para evitar brotes, la Organización Mundial de la Salud establece que los países deben mantener coberturas mínimas del 95%. México solía estar cerca de esa meta. Durante años, el país fue referencia regional en esquemas de vacunación. El sarampión estaba prácticamente eliminado. Pero en el periodo posterior a 2019 comenzaron a observarse caídas en distintas coberturas infantiles. Las causas son múltiples y documentadas: reestructuración institucional del sistema de salud, cambios en los modelos de aseguramiento, ajustes en compras consolidadas, impactos logísticos tras la pandemia y episodios de desabasto. La prevención cuando funciona no se nota, pero cuando falla se cuenta en funerales. El brote seguirá activo en 2026. Las defunciones ya se registran en siete estados. Tan solo este año se confirmaron muertes en Michoacán, Tlaxcala y Durango. Esto significa que existen “bolsas de susceptibilidad”: comunidades donde la cobertura no alcanzó el umbral necesario para generar inmunidad colectiva. El sarampión no necesita mayor oportunidad. Es uno de los virus más contagiosos que existen. Basta con que el sistema se debilite un poco para que regrese con fuerza. Aquí es donde la discusión deja de ser técnica y se vuelve política. Porque mantener coberturas superiores al 95% no es un acto espontáneo, sino que requiere presupuesto constante, cadenas de frío funcionales, personal capacitado, campañas permanentes y confianza pública, en una palabra, se requiere Estado. Y cuando ese engranaje se fragmenta -por decisiones administrativas, por austeridad mal aplicada o por transiciones mal planeadas- el retroceso no se mide en conferencias, sino en vidas. La salud pública no se construye con discursos optimistas ni con comparaciones internacionales grandilocuentes, se construye con vacunas aplicadas, casa por casa, comunidad por comunidad. Veintinueve muertes no son un “evento epidemiológico”, son una advertencia. Porque si en pleno siglo XXI el sarampión vuelve a matar, no es que la ciencia esté fallando, es que la política dejó de estar a la altura. Y en salud, cuando la política falla, el virus gobierna…

La nueva Ley de Aguas no es una reforma: es una amenaza directa contra el campo mexicano. Y para Sinaloa -todavía el corazón agrícola del país, aunque este gobierno parece empeñado en que deje de serlo- es simplemente un golpe frontal. Con esta ley, el gobierno decidió que usar agua para producir alimentos es casi un delito. Multas de hasta siete millones de pesos, penas de hasta doce años de cárcel y la cereza del pastel: adiós a los títulos de concesión y bienvenida la permisología anual, esa herramienta perfecta para el chantaje político desde el gobierno federal. Porque no nos engañemos: Permisos renovados año con año significan control, sumisión y castigo para quien no se alinee. ¿Productores libres? Eso ya no les gusta. La intención es clara: desaparecer los módulos de riego -que han funcionado durante décadas y son ejemplo de democracia interna- para sustituirlos con órganos designados desde CONAGUA y desde la Secretaría de Agricultura. En otras palabras: Quitarle el agua al campo, para entregársela al poder. Los productores pedían diálogo. Recibieron una aplanadora legislativa. Pedían ser escuchados. Los borraron del debate. Pedían reglas claras. Les dieron persecución, multas y cárcel. Una mala ley puede destruir una economía completa, y aquí estamos a punto de comprobarlo. Sinaloa no aguanta un capricho más. Porque con los derechos del agua NO se juega. Y todavía estamos a tiempo de corregir el rumbo antes de mandar al campo mexicano al precipicio. Pero como si no fuera suficiente, viene lo demás: la pesca y la acuicultura en colapso. La producción de camarón cayó 60%, de 85 mil toneladas a 34 mil. Las granjas acuícolas se redujeron de 79 mil a 37 mil hectáreas. Miles de familias abandonando lo único que han sabido hacer por generaciones, y el gobierno mirando hacia otro lado. No es crisis. No es mala racha. Es abandono institucional. El gobierno debería estar construyendo una estrategia integral de recuperación: productividad, sanidad, rentabilidad y futuro. Pero MORENA ha demostrado ser incapaz de atender siquiera las necesidades básicas de las familias sinaloenses, mucho menos sus sectores productivos estratégicos. La realidad ya no se puede maquillar: El campo, la pesca y la acuicultura están colapsando, y el gobierno insiste en presumir que todo va bien…

Donald Trump volvió a hacer lo que mejor sabe: amenazar al mundo con mapas imaginarios y guerras de utilería. Ahora dice que irá “por tierra” contra los cárteles que, según él, “gobiernan México”. No dijo dónde, no dijo cómo, no dijo cuándo, pero lo dijo en Fox News, que en términos trumpistas equivale a un decreto divino. La amenaza es tan precisa como un tuit a las tres de la mañana: mucha testosterona, cero-geografía y una profunda ignorancia diplomática. Donald Trump no habla de cooperación, habla de invasión light; no propone estrategia, propone espectáculo. México no es un socio, es un escenario electoral en donde puede vender mano dura sin pagar el costo real. Mientras tanto, en Washington se recicla el viejo guión: si algo no funciona, militarizado; si eso falla, culpa al vecino. Y si el problema es interno -consumo, armas, lavado de dinero- entonces mira para otro lado y grita “seguridad nacional”. El imperialismo ya no llega en portaaviones: llega en entrevistas exclusivas. La presión sobre Claudia Sheinbaum Pardo no es diplomática, es política y simbólica: “o haces lo que queremos o te señalamos como cómplice”. No importa que el problema sea binacional; el discurso necesita un villano externo para alimentar la narrativa del salvador blanco con gorra roja. Y ahí aparece Marco Rubio, siempre oportuno, siempre indignado, siempre listo para subirse al cadáver político del momento. Hoy Venezuela, mañana México, pasado mañana cualquier otro país que sirva de trampolín rumbo al 2028. La política exterior convertida en campaña anticipada, en donde la soberanía ajena es solo utilería. El mensaje es claro: Trump no quiere combatir al crimen organizado, quiere administrar el miedo. Porque el miedo vota, el miedo dona y el miedo aplaude. Los cárteles son el pretexto perfecto: no tienen lobby, no responden entrevistas y funcionan como enemigo absoluto. México, otra vez, en el centro del tablero, pero no como jugador, sino como ficha. Y lo más preocupante no es la amenaza en sí -esas ya las conocemos- sino que haya quienes todavía crean que los problemas complejos se resuelven con botas extranjeras y discursos inflamados. Cuando la política se vuelve bravata, la diplomacia se convierte en daño colateral. Y cuando Trump habla de “orden”, normalmente alguien más paga el caos…

Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…

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